En ese momento, la puerta de El Cerdo Misógino volvió a abrirse y entraron cuatro jóvenes, y Jim supo al instante que eran los que estaban esperando la chica-mapache y sus secuaces. Dios los cría y ellos se juntan, pensó, mientras examinaba cuidadosamente el grupo recién llegado. Una chica rubia y pálida se había embarcado en una conversación con la camarera, a la que parecía conocer; probablemente era una clienta habitual. Llevaba un vestido celeste muy veraniego y vaporoso, y tenía una elegancia natural que lo captivó enseguida. Iba cogida al brazo de un chico pelirrojo, que lucía una expresión de entre horror y bochorno en el rostro, y vestía un horrible suéter rosa. Detrás suyo, una chica teñida de verde lima y con unos pantalones morados de manzanas amarillas examinaba el platillo de las propinas. El pelo le llegaba a medio cuello, excepto el que le caía de delante las orejas, que alcanzaba los hombros. Al ver que todavía ningún cliente había dejado nada, se giró decepcionada, y entabló conversación con el último miembro del grupo, un chico delgado y moreno que llevaba una camiseta de Nirvana y el pelo recogido en una pequeña coleta.
Un grupo pintoresco, decretó Jim, y aguardó la reacción del trío que tenía detrás.
No hubo ninguna, a parte de un silencio y una tensión sepulcral. El trío de siniestras se habían colocado bien las gafas y se habían subido las solapas de sus gabardinas, llamando inevitablemente la atención.
Pero por algún tipo de extraña casualidad, el grupo recién llegado no se fijó en ellas. Fueron directamente a una mesa al lado de un amplio ventanal, adornado rústicamente, y se sentaron ahí después de ordenarle sus pedidos a la camarera.
Jim Brewster los miró frunciendo el cejo. Parecían un grupo relativamente normal pero, ¿qué hacían esas psicópatas emos detrás suyo?
- Pues no está mal este lugar – declaró Al observando las calles a través del cristal. Como no era una zona especialmente peligrosa, sólo se apreciaba una pequeña calle de casas adosadas y un campo de trigo. – No había venido nunca por aquí.
- Ya –le secundó Doris, mientras se guardaba los sobres de azúcar de la mesa dentro el bolsillo. – Es bonito. Volveremos.
- Me alegro que os haya gustado –dijo Mary Sue sonriente.- Lo encontré el otro día por casualidad, mientras recogía a gatitos abandonados de la calle.
“¿Qué mierdas es esto?” pensó Nick notando como empezaba a ser presa de un ataque de nervios. Mary Sue estaba lavando sus cerebros a un ritmo gradual, y ninguno de sus amigos parecía notarlo. Doris estaba repentinamente encantada con ella, y Al tenía la cabeza en las nubes desde la mañana y no se enteraba de nada.
El amor, ese sentimiento tan terrible, los había aprisionado a todos. Nick se dio cuenta de que tenía que liberarlos.
La cuestión era cómo. En algunas películas había visto que para liberar a una alma captiva se tenía que sacrificar el cuerpo, por muy doloroso que eso resultase, para que ésta pudiera avanzar hasta la siguiente vida, pero en ese momento no se sentía demasiado predispuesto a matar a sus amigos. Y menos usando el cenicero, lo único que había encima la mesa; probablemente Doris le descuartizase antes de que ni siquiera lo levantara.
dilluns, 4 d’octubre del 2010
diumenge, 3 d’octubre del 2010
Musas
- ¿Qué te pasa, amiga? Hoy pareces más triste que de costumbre.
- Déjalo, jovial Talía, no es un problema que alguien superfluo como tú pueda comprender.
- ¡Seguro que sí, mustia Melpómene! Al fin y al cabo, estamos hechas para ayudarnos mutuamente.
- Pero, ¿no lo entiendes? No puedo explicarte lo que oprime mi corazón porque tú serías incapaz de ponerte en mi sitio; al fin y al cabo, nunca te tomas nada en serio. Para ti, la vida es chanza, y nosotros títeres animados. Te escapas en tu mundo de risas para ignorar a los que vivimos de lloros en las desgracias cuotidianas. ¿Cómo quieres que te cuente algo si sé que luego te pondrás a reír y me dirás que no es tan grave?
- Puede que porqué sé que no será tan grave.
- ¿Y cómo lo sabes? ¿Acaso las Moiras te han prestado su ojo para ver a través de mí?
- ¡Oh, Melpómene! ¡No te enfades, sólo quiero ayudarte! Claro que si mi presencia es molestia, siempre puedo llamar a alguna nuestras hermanas. Pero déjame decirte que si tu problema es que andas baja de ánimos, ¡nadie mejor que yo para alzarte el humor!
- No necesito de eso, gracias. Es algo tan… innecesario.
- Está bien, me retiro.
- ¡No, no! Espérate, quédate un rato más. Necesito charlar con alguien, y sólo estás tú por aquí.
- Claro, es que tú nunca sales. Deberías ir a dar una vuelta de vez en cuando.
- Cada vez que desciendo me encuentro con peores escenas; enfermedades, guerras, peleas, traiciones… Hombres que matan a su esposa, hijos que traicionan a sus padres, tíos que envenenan a sus propios sobrinos…Para contemplar tanta miseria, creo que estoy mejor aquí recluida. Al menos, aquí no hay dolor. O no tanto. Pero algo de conversación sí que es necesario a veces; el Parnaso puede ser tan solitario…
- Pero eso es porque te empeñas en ver la parte negativa de la vida, Melpómene. Piensa en las fiestas, en los niños corriendo y jugando, ¡en los amantes besándose! ¿Eso no te dan ganas de saltar y bailar?
- Tarde o temprano, las risas se transformarán en llanto.
- Y luego volverán a ser risas.
- Y luego llanto otra vez. ¿No ves, jovial Talía, que es un círculo vicioso?
- ¿Acaso tú no te entristeces cuando la gente llora? A mí se me encoge el corazón, y entonces doy lo mejor de mí misma para que vuelvan a soltar alegres carcajadas.
- No lo entiendes, jovial Talía, para variar. Yo soy feliz cuando ellos se lamentan, porque es mi naturaleza ser así. Y mi trabajo, también. Y es por culpa de esto que estoy así de gris; ya no lloran. Ahora sólo se enfadan, se maldicen, se matan, pero no lloran. Y sin sus lágrimas, yo me marchito y me vuelvo débil. Sí, ya sé lo que vas a decir: “¿Por qué no entras en sus casa y les das aquello que perdieron?”. No es tan fácil, jovial Talía, porque yo puedo inspirarles, pero no puedo arrancarles gemidos, ni infligirles dolor. Los escritores ya no quieren pensar nuevas tragedias, y las viejas ya sólo hacen reír al público.
- ¡Eso no es malo!
- No es malo para ti, mi querida hermana, pero para mí lo es.
Por primera vez, Talía permaneció silenciada durante un breve rato.
- La inspiración ya no funciona. ¿Será que hemos perdido poder?
- ¿Por qué dices tal cosa, hermana?
- Porque quizás tus problemas sean también los míos, mustia Melpómene.
- ¡Eso sí es una sorpresa! ¿Por qué deberías estar tú preocupada por la miseria de los humanos?
- Porque alegría y tristeza son equivalencia, al igual que día y noche, amor y odio, vida y muerte. Sin una no existe la otra.
- No es cierto; míralos. No tienen motivos para lamentarse, por lo cual ríen y ríen todo el rato, sin parar. ¿Acaso toda esta felicidad no te ensancha el corazón, al igual que a mí me lo oprime?
- Para nada. Sí, se ríen, pero al no haber lágrimas, su risa no es genuina. No es más que un seguido de sonidos deshilachados, sin sentido y sin emoción. Gritan, palmean, bailan, pero sus gestos no tienen ningún significado; no es comedia, es ausencia de tragedia. Fíjate bien, mustia Melpómene, porque en realidad, no asoman ni al borde de la felicidad.
- ¿Qué es, entonces, lo que sienten? Desde luego, no tristeza.
- Ni felicidad ni tristeza; restan vacíos.
- Déjalo, jovial Talía, no es un problema que alguien superfluo como tú pueda comprender.
- ¡Seguro que sí, mustia Melpómene! Al fin y al cabo, estamos hechas para ayudarnos mutuamente.
- Pero, ¿no lo entiendes? No puedo explicarte lo que oprime mi corazón porque tú serías incapaz de ponerte en mi sitio; al fin y al cabo, nunca te tomas nada en serio. Para ti, la vida es chanza, y nosotros títeres animados. Te escapas en tu mundo de risas para ignorar a los que vivimos de lloros en las desgracias cuotidianas. ¿Cómo quieres que te cuente algo si sé que luego te pondrás a reír y me dirás que no es tan grave?
- Puede que porqué sé que no será tan grave.
- ¿Y cómo lo sabes? ¿Acaso las Moiras te han prestado su ojo para ver a través de mí?
- ¡Oh, Melpómene! ¡No te enfades, sólo quiero ayudarte! Claro que si mi presencia es molestia, siempre puedo llamar a alguna nuestras hermanas. Pero déjame decirte que si tu problema es que andas baja de ánimos, ¡nadie mejor que yo para alzarte el humor!
- No necesito de eso, gracias. Es algo tan… innecesario.
- Está bien, me retiro.
- ¡No, no! Espérate, quédate un rato más. Necesito charlar con alguien, y sólo estás tú por aquí.
- Claro, es que tú nunca sales. Deberías ir a dar una vuelta de vez en cuando.
- Cada vez que desciendo me encuentro con peores escenas; enfermedades, guerras, peleas, traiciones… Hombres que matan a su esposa, hijos que traicionan a sus padres, tíos que envenenan a sus propios sobrinos…Para contemplar tanta miseria, creo que estoy mejor aquí recluida. Al menos, aquí no hay dolor. O no tanto. Pero algo de conversación sí que es necesario a veces; el Parnaso puede ser tan solitario…
- Pero eso es porque te empeñas en ver la parte negativa de la vida, Melpómene. Piensa en las fiestas, en los niños corriendo y jugando, ¡en los amantes besándose! ¿Eso no te dan ganas de saltar y bailar?
- Tarde o temprano, las risas se transformarán en llanto.
- Y luego volverán a ser risas.
- Y luego llanto otra vez. ¿No ves, jovial Talía, que es un círculo vicioso?
- ¿Acaso tú no te entristeces cuando la gente llora? A mí se me encoge el corazón, y entonces doy lo mejor de mí misma para que vuelvan a soltar alegres carcajadas.
- No lo entiendes, jovial Talía, para variar. Yo soy feliz cuando ellos se lamentan, porque es mi naturaleza ser así. Y mi trabajo, también. Y es por culpa de esto que estoy así de gris; ya no lloran. Ahora sólo se enfadan, se maldicen, se matan, pero no lloran. Y sin sus lágrimas, yo me marchito y me vuelvo débil. Sí, ya sé lo que vas a decir: “¿Por qué no entras en sus casa y les das aquello que perdieron?”. No es tan fácil, jovial Talía, porque yo puedo inspirarles, pero no puedo arrancarles gemidos, ni infligirles dolor. Los escritores ya no quieren pensar nuevas tragedias, y las viejas ya sólo hacen reír al público.
- ¡Eso no es malo!
- No es malo para ti, mi querida hermana, pero para mí lo es.
Por primera vez, Talía permaneció silenciada durante un breve rato.
- La inspiración ya no funciona. ¿Será que hemos perdido poder?
- ¿Por qué dices tal cosa, hermana?
- Porque quizás tus problemas sean también los míos, mustia Melpómene.
- ¡Eso sí es una sorpresa! ¿Por qué deberías estar tú preocupada por la miseria de los humanos?
- Porque alegría y tristeza son equivalencia, al igual que día y noche, amor y odio, vida y muerte. Sin una no existe la otra.
- No es cierto; míralos. No tienen motivos para lamentarse, por lo cual ríen y ríen todo el rato, sin parar. ¿Acaso toda esta felicidad no te ensancha el corazón, al igual que a mí me lo oprime?
- Para nada. Sí, se ríen, pero al no haber lágrimas, su risa no es genuina. No es más que un seguido de sonidos deshilachados, sin sentido y sin emoción. Gritan, palmean, bailan, pero sus gestos no tienen ningún significado; no es comedia, es ausencia de tragedia. Fíjate bien, mustia Melpómene, porque en realidad, no asoman ni al borde de la felicidad.
- ¿Qué es, entonces, lo que sienten? Desde luego, no tristeza.
- Ni felicidad ni tristeza; restan vacíos.
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Temps era temps...
dimecres, 29 de setembre del 2010
dilluns, 27 de setembre del 2010
Intento Carmesí.
Y en medio del papel gastado, en un estilo viejo que daba a pensar que había sido escrito en una máquina de escribir, sólo resaltaba una simple línea.
What's your biggest wish?
¿Cuál es tu mayor deseo?
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Miscel·lània.
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